Enfermedad terminal

Habían pasado apenas unos meses desde que ella se acostó con un hombre por primera vez. Tenía ya la mayoría de edad, un físico poco agradable para sí, pero al caballero pareció agradarle. La hizo sentir hermosa, y tristemente, ella le permitió tomar su cuerpo dudando que alguien más quisiera hacerlo. Sin embargo, después de él, muchos más expresaron abiertamente su deseo hacia ella, hacia su cuerpo. Al principio ella se sintió sensual, maravillosa, halagada, como si el mundo masculino estuviera a sus pies. Se dio cuenta de que podía acostarse con cualquier tipo de hombre, y lo hizo. Aprovechó su juventud y belleza para probar distintos cuerpos, labios, brazos, tratos...

Muy pronto se acostumbró a la idea de ser solo un cuerpo para ellos, y no le molestaba verlos una sola vez en su vida. No eran más que números ya, tan solo eso. Ella se imaginaba que ellos pensaban lo mismo acerca de las mujeres, y no se sentía mal de serlo. Qué más daba, habría sido un momento placentero que otro hombre le daría al día siguiente, no valía la pena buscar al mismo barón. Había noches en las que la volvía a buscar uno de esos amantes, y ella que anhelaba el placer, aceptaba. Y de ahí, ya no le interesaba tener mayor intimidad con ellos mas que la carnal. 

El ciclo no se había roto, todos los hombres con los que se había acostado estaban ya clasificados dentro de un sistema que ella misma había inventado para sí. Los tenía etiquetados, y parecía que todo se reducía a 5 categorías que resultan irrelevantes para la anécdota. Uno nuevo la había contactado, y él se la pasaba hablando del hermoso rostro de la dama, de su sonrisa cálida y labios carnosos, de su intensa mirada. "Verbo" pensó ella de él, permitiendo que el joven la rociara de cumplidos genéricos que no le resultaban nuevos a aquella señorita. 

Un día, sin hablarlo mucho en días anteriores, decidieron conocerse en persona. Ella ya sabía que iban a terminar en la cama, sudando, gimiendo, temblando, y disfrutando del cuerpo del otro. Sin más, ella no pensaba en que sería diferente. No se dejaría engañar ni engatusar por ese Don Juan con labia superficial. Y es irónico que, aún pensando aquello, al momento de verlo cara a cara algo dentro de ella se desgarrara. Con solo contemplar sus ojos se sintió en peligro, acorralada, intimidada, como presa de un muy tranquilo depredador. 

Nunca le había sucedido aquello, que sus bonitos ojos casi negros evadieran una mirada masculina. Ella sufría de haber perdido el control de su imaginación, y cada frase que él pronunciaba la hacía sentir aún más aterrada. Rogaba en silencio que él dejara de ablandarla, de tentarla, de leer su mente y jugar con la capacidad de sonrojarla. Era abrumador, excitante, significante. Muy confuso, inclasificable. Y todo se enredó más cuando, predeciblemente, terminaron en la cama de un lindo hotel que ella adoraba. Además del placer y de los orgasmos, ella se entregó al cariño mundano del que siempre huía. 

Mientras pasaron los horas y las noches, ella lo recordaba con anhelo y melancolía. Llegó a llorar de desesperación al dudar de si lo vería de nuevo porque con él no había sido igual. Había sido asquerosamente cálido, sensual, apasionado, tierno. Y ella deseaba desesperadamente que él hubiera experimentado lo mismo para querer verla de nuevo, porque lo necesitaba. Necesitaba que la hicieran sentir así de nuevo, incluso estando con otros era en él en quien pensaba. 

Pasaron semanas de tortuosas conversaciones textuales que le destrozaban emocionalmente pues la inundaban más de dudas y apetito sentimental y sexual por ese hombre. Pasaron semanas y noches de lágrimas antes de que se volvieran a ver. Esta vez fue ella la que fue hacia él, guiada más por el corazón que por la razón. A este punto, ambos aspectos de la dama eran ya enemigos declarados, siempre en desacuerdo sobre lo que ella debía hacer al respecto de sus sentimientos hacia él. 

Cuando estuvo ella de nuevo frente a él, su mente y voluntad, su coraje de deshizo de nuevo. Él apenas la miró, vagamente conversaron, ni siquiera se saludaron con un beso de aquellos que ya se habían arrebatado. El corazón de esa mujer tembló, su mente quería huir, toda ella quería desaparecer de su alcance y olvidarle en ese instante.  Pero estaba presa de el miedo, de los sentimientos. Y no podía hacer mas que aparentar control, un disfraz de su ansiedad. Él muy probablemente lo habría notado, ¿o no? Le desconcertaba tanto a ella el no poder saber lo que él pensaba, porque estaba tan callado. 

Durante la velada volvieron a entregarse el uno al otro, el de nuevo le endulzó la mente y el oído, entibió su cuerpo y su alma, y la lastimó... tal vez sin intención. Las marcas de pasión que le había tatuado con las manos y los labios permanecerían por siempre en la mente de ella, como pistas de un caso que ella no podía resolver: las intenciones de él con ella. Jamás en su vida la chica tuvo que lidiar con sentimientos de este tipo, con misterios de este grado de complejidad. 

Cuando ella regresó a su propia habitación, lejos de él, se sentía tan desconsolada. A veces le costaba respirar, le costaba sonreír, le costaba mantenerlo lejos de su mente. ¡Maldita sea! No lo podía olvidar, y le dolía tanto tener que recordarse a sí misma que tan solo había sido un momento que muy posiblemente ya no ocurriría de nuevo. Lo que estaba sintiendo se sentía como una enfermedad, que la debilitaba, la hacía sentir irritada, mareada, desesperada. Una enfermedad cuya maldita cura no podía encontrar. Una enfermedad terminal. "Por favor, detente ya".
 

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